Luce milagroso que el juego de pelota haya sido capaz de unificar a una sociedad, como la mexicana, tan polarizada y tan llevada artificiosamente a extremos.
Milagroso y agradecible acontecimiento, por cuanto no podíamos seguir apostando por el desencuentro y las discusiones interminables, por la descalificación ramplona y el desmontaje de las instituciones, por la violencia verbal que suele terminar en cosas mucho peores.
Y, sin embargo, deseando que no se trate de una simple tregua, de una pausa que se traduzca despúes en nuevas escaladas de agresión e incomprensión, tampoco podemos permitir que la Copa del Mundo sirva para ocultar las problemáticas más graves que enfrentamos, ni para posponer indefinidamente las soluciones.
Así, a la alegría de la confluencia en intereses y aficiones debemos aunar la denuncia sin timoratez, la conciencia de que a unos cuantos metros de los estadios mundialistas descansan los restos de nuestros muchachos que aguardan ser reconocidos, la indignación frente a la persecución presuntamente disciplinaria que sufren cotidianamente nuestros juzgadores y el análisis crítico de resoluciones pseudo judiciales que adelantan criterios en temas tan delicados como la eutanasia o resuelven en favor de subvertir y aniquilar la cosa juzgada o la naturaleza prescriptible de las conductas culposas.
El compromiso de los juristas con el Derecho, indeclinable si entendemos bien la profesión de Baldo, Quiroga y Ferrini, es compromiso por traer de vuelta los tiempos de derechos. No tiene que cejar en la denuncia, pero tampoco debe reducirse y limitarse a ella. Exige de todos los operadores jurídicos, y no sólo de quienes juzgan, ética impecable y solvencia técnica acreditable: saber y comprender, como se afirma en las piezas centrales de este número, que el orden constitucional excede con creces a lo que es meramente ley, aún cuando esta ley se pretenda Constitución.
A la apuesta de algunos por la desintegración y el encono han opuesto la Unión, la tercera de las garantías de Iguala, lo mismo las madres buscadoras que quienes defienden derechos fundamentales, quienes reportan periodísticamente los hechos con verdad y constancia, quienes se oponen al artificio y al incumplimiento de los compromisos de justicia e igualdad, aquellos que reivindican la dignidad eminente en todas las expresiones de la naturaleza humana, los mexicanos que celebran las posibilidades de una tierra, la nuestra, que se ha manifestado capaz de arrostrar, con semblante alegre, los desafíos más grandes de la historia y de la geopolítica.
Tarea ardua, qué duda puede caber. Pero mucho más transitable cuando se emprende en unidad y comprensión, en tolerancia y combate a la violencia, en sentido estricto de la propia dignidad como cualidad idéntica a la de nuestros semejantes. Nos atrevemos a augurar, mucho más allá de resultados deportivos, buenos tiempos para México y para nuestra América. Tiempos de derechos y, por ello, tiempos de bondad y de respeto en comunidad.
Lo verdaderamente apasionante del ordenamiento constitucional (y, en general, del orden jurídico todo) es que va adquiriendo vigencia efectiva conforme preceptos que se estimaban olvidados son requeridos para enfrentar cuestiones novedosas y, en ocasiones, apremiantes.
Hace algunos meses, por ejemplo, pocos concebían que estaríamos discutiendo hoy qué conductas pueden ser acreedoras a un reproche penal o político por considerarse traición a la Patria, o cuál es el estándar probatorio requerido para proceder a cumplir con una solicitud extranjera de detención con fines de extradición, o hasta dónde llegan los alcances (y los límites) de la inmunidad procesal que una tradición multisecular se empeña en llamar “fuero constitucional”.
Hoy, por casos de todo mundo conocidos, estamos ante la necesidad de discutir a fondo los extremos que colman ese tipo de situaciones, y tantas otras en los diversos ámbitos del quehacer jurídico. Lo prudente es hacerlo desde la atalaya del jurista, que tiene muchísimo que aportar en medio de las confusiones al uso y de las malas intenciones que con fines apenas disimulados se empeñan en colmar las declaraciones de políticos y las páginas de los rotativos.
Tiempo de derechos conoce sus responsabilidades. Sabe que la época no autoriza a procurar evasiones eruditas, pero tampoco ramplonas. Por supuesto que concebimos la nuestra como tarea propia de un taller sapiencial, pero también como conocimiento empiriológico y organizado, de praxis sistemática, de prudencia para lo justo, de fortaleza en la denuncia, de templanza para la sugerencia de soluciones auténticas, practicables, tendentes al bien común. Sí: se trata de lo que el maestro Jaime del Arenal ha explicado como “virtudes del jurista”.
Es por ello que nos negamos a confundir al Derecho con la mera expresión de la voluntad del poderoso. No se trata de negar la naturaleza vinculante de las leyes, pero sí de exigir críticamente que las leyes no sean vistas como monopolizadoras de lo jurídico, sino como uno más de los cauces por donde deben discurrir las soluciones prácticas que coloquen en el centro de las políticas y de las determinaciones públicas a la dignidad eminente de la persona humana, sin negar el siempre complejo pluralismo de fuentes. Sin despreciar, en suma, a la costumbre, a la labor jurisprudencial, a la academia ni, mucho menos, a la independencia judicial, tan maltrecha en los tiempos que nos corresponde arrostrar, tan aciagos como apasionantes para el estudio y el desarrollo de la defensa irrenunciable de la condición de toda mujer y de todo varón: de todo integrante de la familia humana.
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que una de las personas que más influyó en mi trayectoria de vida, sin por supuesto adjudicarle responsabilidad alguna por lo que ha sido la toma de decisiones que han sido exclusivamente mías, fue el maestro de maestros –imposible predicarlo de alguien con más exactitud– don Fausto Rico Álvarez.
El ilustre veracruzano que falleció hace unas semanas tras una larga y fructífera vida, me entrevistó en 1992, como rector que era, para ingresar a la Escuela Libre, la de los amores de mi padre en la que había estudiado entre 1967 y 1971 y en la que se había ganado fama de buen constitucionalista. Don Fausto, a quien yo por supuesto no conocía, se reunía con todos y cada uno de los aspirantes a ingresar a la Escuela. Me recibió con su rostro adusto y los ojos zarcos, de por sí pequeños, entrecerrados. Tras un par de tarugadas que le habré dicho, me pidió que no siguiera más, me dijo que estaba admitido, pero que si lo que pretendía era seguir el trayecto de mi padre tirara de una vez los bártulos, que él quería un buen civilista, no alguien que se dedicara a continuar, sin más talento que la ósmosis, la senda de su papá. Salí de ahí extrañado y rebelde. Recuerdo haberme subido al metro pensando “aunque la estación Balderas me lleve directamente a mi casa, en los Viveros de Coyoacán, prefiero seguir haciendo transbordos que ingresar a una Escuela en la que todo mundo tiene expectativas sobre mí, que no tengo ni idea de lo que es un constitucionalista ni un civilista. Total, en buena medida, ni me importa el tema ni lo quiero investigar”. Decidí permanecer en la institución en la que había realizado el Bachillerato.
Al año siguiente, habiendo averiguado lo que era el Derecho Civil y el Constitucional y convencido de que aquel don Fausto tan enigmático me lo enseñaría mejor que cualquier profesor de mi amada Universidad, volví con la frente marchita y la cola entre las patas al austero edificio de Belén, sin avisarle a mis padres ni a nadie. El maestro Rico no quiso recibirme y sólo ordenó desde su privado: “que se inscriba”. Así lo hice.
Meses después, en la ceremonia de inicio de cursos, una amiga con la que debí ingresar a la Escuela un año antes me guió cual Virgilio a través del ritual casi centenario. “Esa del presidium es la Junta directiva”, me advirtió. “Juristas excepcionales, casi todos son notarios”. La presidía el rector, don Fausto Rico, que dirigió entonces, en 1993, su último discurso al pleno del claustro y del alumnado. Nos llamó a generar élites, pero no dinerarias ni potestativas, sino de conocimientos, de saberes, de utilidad para una sociedad que exigía, en justicia, lo que le correspondía. “Dar a cada quien lo suyo”, repitieron en voz alta mi amiga y una compañera que la flanqueaba, mostrando que habían sido iniciadas, ya, en el rico pensamiento de Rico.
Aquel mensaje de don Fausto fue el último que dio como rector. Años después me enteraría de que había pretendido desmontar la complicada red de intereses clientelares con que algunos personajes de (por contraste) infausta memoria, regenteaban a la institución de Rabasa, Rodríguez y Macedo. Falto de formas políticas, amigo de las verdades justamente colocadas, incapaz del zigzagueo indirecto y diplomático, el maestro Rico dejó la Rectoría y construyó el futuro, pues legó la tarea al mejor de sus discípulos, Ignacio Morales Lechuga, que lograría el desmantelamiento una década después.
A todo ello estábamos ajenos los estudiantes de la Libre, preocupados solamente porque la temporada de lluvias no nos hallara en la inopia. El tercer curso de Derecho Civil, el dedicado a los Contratos, nos fue impartido por don Fausto. Nunca he estudiado tanto ni con tanto afán. Durante un año entero nos enfrentamos a sus preguntas cotidianas, a sus ironías precisas, a su adusta simpatía, a su pregunta epistemológica que devenía en ontológica: “¿sabe o no sabe?”.
En estos días de tristeza y luto, entre lo más sabio que he escuchado está lo que me comentó una compañera al pie de los restos del maestro: “don Fausto sabía sacar lo mejor de sus alumnos”. Es cierto: nunca olvidaré la noche en vela que me hizo pasar, tras el examen de Contratos, la emoción que me causó el que el maestro Rico me hubiera considerado digno de la máxima calificación en su curso. Al fin me había graduado como “alumno de un ilustre civilista”, tal como me advirtió otro insigne catedrático, don Ramón Sánchez Medal, cuyo libro, junto con el de Lozano Noriega, colmaba los afanes del temario de Rico, y había que conocerlo al dedillo.
Pasaron los años sin que me resignara a dedicarme al Derecho Civil y don Fausto me lo reclamaba cada que me veía: “que le asignen una materia en serio, Estrada. ¿Qué hace usted perdiendo el tiempo con la Historia?” “Uy, Maestro”, respondía. “La Historia es una materia mucho más seria que esas que ustedes enseñan y que un legislador imprudente e ignorante es capaz de cambiar en cualquier instante”. Sólo hasta la última vez que lo vi, presidiendo un acto en la Escuela, me dijo, como quien no quiere la cosa, movido quizá por lo que veía que se discutía en los Congresos: “tiene usted razón”.
No tuve más contacto profesional con él que el de una gran iniciativa con la que pretendió coronar su fructífera labor docente: la Alianza por la Excelencia Académica. Integrada inicialmente por la propia Libre y por la UNAM, la UP, la Iberoamericana y el ITAM, la Alianza buscaba elevar los estándares de la educación jurídica mexicana y homologarlos hasta tal punto que pudieran extenderse desde las instituciones más prestigiadas hasta el resto de las Facultades y Escuelas del país. Que se haya logrado o no, lo advertirán las futuras generaciones. Yo sólo sé que el maestro Rico nos tenía trabajando en forma implacable, conforme a una agenda que no se movía y tenía que agotarse siempre, con propuestas renovadoras y sin permitir que nadie se durmiera en sus laureles (algo que le era particularmente molesto). Sé que después ingresarían a la Alianza nuevas instituciones como el CIDE, el ITESM y La Salle, institución por la que don Fausto guardaba un particular aprecio por haber sido la sede de sus pininos docentes cuando, vuelto de Roma, el joven humanista ingresaría como profesor al Colegio Cristóbal Colón de las calles de Sadi Carnot.
Maestro de maestros, decíamos, formó multitud de notarios, legisladores, jueces, abogados y hasta políticos y uno que otro académico. No había quien se atreviera a dudar del valor de su magisterio, por mucho que no compartiera su visión en extremo práctica de los programas de formación jurídica. Para mí fue, ante todo, la gran guía de gente muy querida, como mi primo Eugenio Bernal Caso, su sobrino por el lado materno, a quien formó como un abogado de enorme éxito y estricta solvencia ética y profesional. Sé que ayudó, en lo personal y a través de la Fundación que lleva su nombre, a multitud de mujeres y hombres que después pondrían su formación al servicio de las mejores causas de México. También sé que forjó, así fuera a contrario sensu, mi vocación y mi temple. Llevó mi rebeldía por cauces que en aquella primavera del 92 ni él ni yo, estoy seguro, pudimos entrever siquiera.
Cuando los grandes maestros parten, sólo queda el tácito homenaje de procurar mantenerse a su altura. Que así ocurra.